sábado, 17 de octubre de 2009

Sábado 17

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Dolor; conciencia de la finitud; cuando la esperanza siempre es un anticipo de la Nada y el valor de las pequeñas alegrías va menguando con fatal exactitud y sin compasión. Es un conocimiento, una certera intuición, un sentimiento, anteriores a cualquier forma sana o perniciosa de la cultura. El cerebro, el alma, que hace posible la cultura -el lenguaje y sus artísticos esquemas- es el que es consciente de la existencia como un lento e inevitable naufragio. Y surge la tristeza más honda, la que lanza al espíritu, voraz y orgulloso, sobre el mundo para olvidar el hecho seco y puro de la existencia sin sentido. Las filosofías, religiones artes, que -en diferentes grados- quieren justificar el olvido de no-ser. Y quisiéramos vivir sin pensar -como bailó dionisíacamente Nietzsche o lloró con profundidad Pessoa; Cioran los resume de continuo-, pero no pensar ni sentir, ni sentir los sentimientos, es algo imposible. Porque cada conciencia -en sí misma injustificable, indemostrable- está siempre presente; certificar la derrota mediante pequeñas victorias pírricas y patéticas es el destino de algunos.
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