sábado, 2 de mayo de 2009

Poema

Hay excesos imperdonables.
Imagino el alma en forma de libro
y el Paraíso como una inmensa
y noble biblioteca de estilo victoriano.
Aunque firmemente descreo
de la realidad de ningún Cielo,
y escaso es el valor de cualquier alma,
siempre fugaz.

Atesoro volúmenes.
Algunos los leo y otros pocos
los releo de cuando en cuando.
Todos me resultan insuficientes,
como imperfectas copias del Libro
de los libros, reflejos discutibles
y hermosos del Libro verdadero.
Anticipos del imposible alma
y del imposible Edén eterno.
Propicios talismanes del olvido.

En varios idiomas ilegibles gusto
de conseguir y manosear ciertas obras,
para mí y por el azar míticas. Sagradas,
esotéricas. El lobo estepario, el Zaratustra,
un hombre acabado.

No hago daño a nadie, si acaso a mí mismo,
y posiblemente sólo constituyo una prueba más
del absurdo de la existencia cuando la pueblan
los hombres y sus aureas pequeñeces.

Un exceso sin perdón ni enmienda.
Prefiero tres libros de Conrad,
aunque sean de bolsillo y en español,
al más enamorado y sensual beso
contra los labios más húmedos.
Cambiaría, con los ojos cerrados, mi vida
y la tuya por las obras completas de Azorín
y todas las primeras ediciones de Borges y Papini.

Soy consciente de mi herejía e inhumanidad,
pero me pregunto qué no es imperdonable
y excesivo, y qué no es una burda risotada
contra el hombre y sus divinos vicios.

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