miércoles, 27 de mayo de 2009

Miércoles 27

Por aquello de esforzarme un poquito -a pesar de la edad y las canas, ¡y los malos instintos!- he de escribir una líneas. Sobre cualquier cosa salvo de la que ahora me inquieta un poco. Qué le vamos a hacer. Esto es como el cuento del pimiento y el limón (o algo así), que nada dice pero no tiene fin; la filosofía mismamente. La belleza y perfección del universo no es más que una mascarada, una inocente comedia, porque la verdad es que tanta belleza y deseo sólo significan acelerar hasta la desesperación la entropía y la culpabilidad, que son las únicas certezas. Las almas cándidas, que gracias a Dios las hay por doquier, no entienden esto. No es un reproche, o en todo caso lo es contra mí mismo, pero... ¡tanto para nada! ¡Para un extraño Dios, como en un primitivo ritual, que decidiera convertir la noche en día para solaz de los humildes! ¡Cuánto daño -y cuánto bien en otros sentidos- ha hecho el Sermón de la Montaña!

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