martes, 3 de marzo de 2009

Docta ignorancia

Dicen que sabemos poco, pero lo sabemos todo.
Que la tierra es sólo un planeta, escasamente esférico.
Que los continentes son límites de la moral y el deseo;
que el norte y el sur son convenciones malévolas.
Que la teología y los otros buenos modales ocultan
más que enseñan (que son las partes pudendas de una
impotente raza degenerada del neandertal).
Que los poetas se repiten siempre lo mismo, como el agua
de Heráclito y los ritos del amor.
Que amar no es una opción, sino una inercia hija del azar
y de la biología. Que el egoísmo –supervivencia y placer-
es demasiado evidente para aceptarlo sin titubeos.
Que ser hombre, nuestra tarea más dura, nada significa.
Que hay indefinidas maneras de ser hombre, o simplemente de ser.
Que ninguna alquimia metafísica nos engaña más de unos minutos,
y que sólo una eterna mentira nos haría descansar.
Que no existe, en este amorfo e insípido y sanguinario Universo,
una maniquea y cómoda distinción de lo bueno y lo malo.
Que cada uno –tú y yo, por ejemplo- sabremos quienes somos
cuando aprendamos que nada es, que es demasiada fría
la verdad y que nada nos espera en ninguna parte.
Que tal vez sean unas sábanas sudadas de caricias
nuestra meta, por unos instantes al menos.

Dicen, ya te digo, que nada sabemos, pero creo,
ya ves, que sabemos demasiado.

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