domingo, 15 de febrero de 2009

Domingo

Acabados el Auster ('Palacio de la luna', con un final más bien mediocre, artificial), el Capec y un pequeño volumen de cuentos de Gogol (prescindibles). Empezado el Bulgákov, 'El maestro y Margarita'. Aún no pueo decir nada, sólo que en las primeras páginas detecté una infame traducción; esas veces que dices que es imposible que el autor escribiera tan agramaticalmente, con la mala intención de que no se le entendiera nada.

Entre manos, pero con mucha prudencia, el último de L.M. Panero ('Escribir como escupir')... lo he tanteado, y añorado el para mí su mejor libro ('Erección del labio sobre la página'). Leopoldo Mª es grande cuando es conciso, monótono y obsesivo. En poemas más largos se pierde. Al contrario que su hermano Juan Luis Panero que es mejor poeta cuando va lento e insinuando. ¡Lentas y obsesivas, geniales, algunas cosas de Pessoa!

Dos viejetes, de 72 y 83, entre ellos meros conocidos de toda la vida pero sin mayor intimidad, se han contado esta mañana sus vidas. Sin vergüenza y como si ya estuvieran fuera de ellas. En parte será cierto. Han recordado años pasados, amigos muertos, su tiempo de milicia (uno en las Baleares y el otro en Ferrol), mientras se convidaban mutamente a ponche y café. Unos cuantos han caído. Allí los he dejado, yo que he tenido una oreja en su conversación y otra en mis servilletas emborronadas. Algo me ha llamado de verdad la atención. Han repetido solemnemente en varias ocasiones la misma expresión, 'los años partidos', para referirse a sus vidas ya idas sin más. Lo hacían sin amargura, con gallardía u oficio; se reprochaban el haber vivido sin haberse dado cuenta de ello. Los años partidos es algo que a todos nos ocurre, y no tengo claro que saberlo ahora ayude de mucho. Igual hay que avenjentarse de verdad para adquirir esa mansa sabiduría que nos permita asumir sin más que la vida siempre, siempre, se ha ido.

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